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Letras Celestes: “Gritar y gritar”

Letras Celestes: “Gritar y gritar”

l landin vs tigres claus09 Letras Celestes: Gritar y gritar

VamosCruzAzul.com te trae una nueva entrega de la sección “Letras Celestes”, que son textos de diferentes géneros literarios, pero relacionados de alguna manera con el Cruz Azul.

“Gritar y gritar” por Javier Caravantes

Soy de Puebla, y allá  sólo iba al Estadio Cuauhtémoc cuando la Máquina visitaba a la Franja. El DF nunca fue un destino turístico para mi familia y aunque deseé visitar muchas veces el Estadio Azul, por años me conformé con apenas ver los partidos en la televisión. En enero por cuestiones de trabajo y estudio, vine a rentar una habitación en Coyoacán.

Los primeros tres meses fueron muy duros, no encontraba chamba y conocía a poca gente. Casi no tenía dinero pero un sábado que tuve algo extra, fui a una librería de viejo por algunos libros y guardé cien pesos para un boleto al estadio. Alguien me dijo las instrucciones de cómo llegar: un camión, subirme al metro, recuerdo que bajarme en Eugenia y otro camión. Luego de como cuarenta minutos ya estaba parado enfrente del estadio. Lo admiré un buen rato, también recorrí los puestos ansioso de ver tantas playeras, y objetos del equipo. Sin dinero para comprar algo. (En Puebla acostumbraba a sentarme en platea, cómodo y tranquilamente analizaba los partidos y a veces cuando uno de azul la metía gritaba un gol discreto). Caminé hasta las taquillas, una larga fila me esperaba, un revendedor se me acercó y me ofreció un boleto a ochenta pesos, me dijo que en la taquilla valía setenta, pero que si me esperaba a hacer fila ya no me daría tiempo ver a las “celestes”. Acepté. Ya no me acuerdo si fue por la puerta seis o siete pero por alguna de esas entré. Me gustó mucho la cercanía de la tribuna a la cancha y comencé a imaginar que en unos meses cuando tuviera un mejor empleo, tal vez podría rentar un departamento en uno de los edificios vecinos y desde ahí podría asomarme los sábados a ver el partido. Sí, claro, un departamento de diez mil pesos, imposible, regresé a mi realidad. Acomodé los cuatro libros que cargaba en el asiento de a lado y de a poco la parte del estadio en la que yo estaba se fue llenando.

El equipo contra el que iba eran los Tigres y casi no había playeras amarrillas, sólo algunas esparcidas en las tribuna del estadio. Las celestes salieron y claro, el revendedor había tenido razón: valía la pena llagar temprano con tal de verlas. Antes de que salieran los jugadores, nos repartieron banderas y por fin, me di cuenta de que estaba dentro de la barra del Cruz Azul. Tuve que cargar mis libros con la otra mano porque ya no había espacios vacíos y con la derecha tome la bandera. Nos paramos para recibir a los jugadores que entraban por los gusanos. Un abucheo para los Tigres y gritos para los azules. Y así empezó la primera porra y los saltos. Me tuve que parar en los tubos que sirven como respaldo de las manos para ver bien. Las banderas estorbaban y aprenderme las canciones de apoyo me distraía de lo que sucedía en la cancha.

El primer gol se produjo de un tiro de esquina que aprovechó Riveros. El Cruz Azul no estaba jugando bien, Landín era espectacular, parecía muy fuerte y hasta rápido pero no llegaba a los balones, Zeballos no hizo ni una jugada buena, los laterales casi no subían y el partido era lento. Aún así las porras, los saltos, la agitación de banderas no disminuía. Al principio me molestó que a la barra poco le importara lo que pasaba en la cancha y estuviera más pendiente de qué canto entonar para hacer revivir a los jugadores.

Llegó  el medio tiempo y me animé a comprar una cerveza, ya vería después como me las arreglaría para llegar con el dinero suficiente a fin de mes. En el segundo tiempo Ariel Bogado en una jugada rapidísima sorprendió a Beltrán y a Yosgart. Clavó el gol del empate. Francamente ya no tenía ganas de seguir gritando y bajé la bandera. En ese momento me miró un tipo: vestía la playera con la que el Cruz Azul había sido campeón, tenía la cara hinchada, como si estuviera crudo, la barba mal recortada, y gritó groserías, reprochando la falta de empuje hacia el equipo. Sentí que una carga eléctrica recorrió mi cuerpo, un coraje a la vida difícil en el DF, a planearse metas que parecen tan lejanas como los altos departamentos alrededor del estadio, a sólo ver de lejos a mujeres como las celestes sin poder nunca acercarte a ellas. Y comencé a gritar hasta rasparme la garganta, a saltar aunque me dolieran los tobillos, a agitar la bandera de lado a lado sin importarme que me estorbara la visión. De nada sirvió para que el Cruz Azul ganara, el partido terminó en empate a uno, pero tampoco importó eso, yo me sentía bien, relajado, había sacado toda la tensión que traía encima. Me esperé algunos minutos para ver salir a los jugadores del estadio y caminé hacía mi casa contento de saberme Azul.

 

VamosCruzAzul.com agradece a Javier Caravantes por su valiosa colaboración en el sitio.
Foto: Mexsport

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Letras Celestes: “Paula o el Cruz Azul”

Letras Celestes: “Paula o el Cruz Azul”

c delgado paula o el cruz azul Letras Celestes: Paula o el Cruz Azul

VamosCruzAzul.com tiene una nueva sección para ti. Se trata de las “Letras Celestes”, que son textos de diferentes géneros literarios, pero relacionados de alguna manera con el Cruz Azul. Esperamos que disfruten de esta nueva propuesta y como siempre recuerden que sus comentarios son bienvenidos en esta página.

“PAULA O EL CRUZ AZUL”  Por Javier Caravantes

Me despierto. El libro sigue abierto sobre mis piernas y el autobús sale de la autopista para entrar a la ciudad. Acomodo la espalda en el asiento y regreso a la página donde dejé el separador. Sobre una tira de cartoncillo verde hay unos ojos que ya no me han de mirar, la nariz más perfecta que he visto y la boca de los interminables besos: un rostro recortado de alguna fotografía y pegado en el papel, el último regalo de Paula. Adornos de tinta amarrilla y en la parte superior un hilo negro que cuelga fuera del libro. Lo cierro. Tomo la maleta, me acerco al frente y le indico la parada al chofer. Hay mucho sol, mi cabello se calienta apenas camino. Saco la cajetilla de cigarros, y prendo uno. Tengo amarga la boca de tanto estar cerrada, cruzo la calle y camino hacia mi antigua casa.

Dieciséis meses fue lo que duró nuestra relación. Atajo su recuerdo mirando la punta de los zapatos. A veces me escondo en cualquier libro y en la escuela atiendo a las palabras del que está enfrente. Al final ella está ahí, con los ojos, la nariz y la boca; ahora conservo los trozos de su imagen entre el libro, basta con asomarme en el separador. Estoy harto: la punta de mi zapato no sirve, debo buscar otra cosa, sobran muchos días de calor y apenas es el primer sábado de las dos semanas de vacaciones. Confío en mi hermano y mis amigos para hacer algo diferente y divertido. No quiero seguir buscando objetos para desviarme del recuerdo de Paula.

Abro el zaguán y van a mi encuentro las dos perras, las acaricio. Son las cinco cincuenta y ni mi madre ni mis hermanos están.

Dejo las maletas en el escritorio y voy a la sala, donde la televisión espera que la enciendan. Repaso canales y encuentro, se me había olvidado, que el Cruz Azul está jugando. Hay empate a cero al terminar el primer tiempo. Me incomoda saber que es contra los Tuzos del Pachuca que ahora es el líder. Casi todo el tiempo el pensamiento de Paula me invade, molesta.

Hace cinco días que no la veo, ni hablo con ella. El último mes peleamos mucho, estábamos frustrados. A Paula le interesaba adentrase en diferentes ambientes y hacer otras cosas. Para mí la relación seguía igual de bien. Después de varias discusiones ella decidió terminar, más bien me lo impuso y con tanta seguridad que yo sólo alcance a desearle suerte.

El árbitro silba y comienzan los últimos cuarenta y cinco minutos. Desde las primeras jugadas los ataques del Pachuca son feroces, decididos a dar por terminado el encuentro. Yo me pongo nervioso, estoy atento a cada movimiento de la pelota. Me acabo de enterar, por boca de los cronistas, que el Cruz Azul tiene que ganar para entrar en la liguilla.

Justo ahora me acuerdo de que Paula odiaba ver los partidos, y me encamino a recordar el pequeño drama del sábado a las cinco de la tarde en su casa, cuando prendía la tele, sus reclamos y quejas, sus chantajes y… Gol. ¡Qué poca! gol del Pachuca. Eso me pasa por andarla invocando.

Me levanto del sillón, bajo las escaleras y llego a la cocina. Me preparo un sandwich escueto: mayonesa, jamón y queso, también encuentro un poco de Sprite en el refrigerador y regreso corriendo frente al televisor.

Algunas veces Paula y yo veníamos los fines de semana a esta casa. Nos dormíamos en mi antigua recámara y aquellos días regresan; como hoy, en este momento cuando estoy solo, sentado en el sillón y algunas semanas atrás ella podría haber estado sentada, reclamándome por ver el partido o por alguna otra cosa pero junto a mí.

Conforme avanza el reloj mi equipo le crea dificultades al rival, ya comienza a invadir su área. Minuto treinta. En un desborde, Chelito, consigue un tiro de esquina, me levanto y de pie espero una buena jugada. El cobro es malo, igual que el despeje del defensa, la pelota bota afuera del área grande y así de bolea y sin pararla, Restrepo, la manda a las redes de la portería. Grito gol hasta rasparme la garganta.

Estoy emocionado, los de Pachuca no se conforman y atacan con más insistencia y además realizan un cambio: sacan defensa y meten delantero. El Cruz Azul parece no responder. Tiro de esquina en contra, apenas despejan y el balón le va a caer a Chelito. La controla y comienza su escapada justo en media cancha. Enfrente de él están tres defensas, más el portero. Yo grito: “¡Vamos Chelito!”. El primer defensa lo encara pero mi jugador favorito le va ganando por velocidad. Al siguiente le hace un recorte a la izquierda y al otro hacia la derecha, parece que va a disparar… Pero sólo elude a los defensas con otro quiebre y pasan de largo. El portero que resbala. Chelito ya enfrente de la portería, con enorme calma, sin nadie que lo detenga la mete por el centro. El narrador del partido dice con profunda voz ronca “Yo ya me voy, que apaguen las luces del estadio, César el Chelito Delgado, acaba de hacer una de las mejores jugadas”. Yo no sé ni qué grito pero son puras palabras de emoción, de orgullo. Cuando la cámara toma el festejo de mi ídolo, al igual que él, beso mi playera, aunque ésta que traigo puesta sea de simple algodón gris y la de él sea la mejor. Otras tres jugadas; dos del Pachuca que se desesperan y no logran el gol del empate, y otra de los míos que casi lo meten. El árbitro pita el final del partido y alzo mi mano en señal de victoria igual que los jugadores. Inmediatamente repiten varias veces la histórica jugada de Chelito y la celebro con el mismo entusiasmo. Escucho unos pasos en la escalera. Mi hermano ha llegado y pregunta:

— ¿Eres tú?

—Sí, apúrate, ven a mirar la jugada que acaba de hacer el Chelito.

—Voy.

—Ya no alcanzaste —y se la narro con todo y movimientos. Él observa y me dice que espera verla en el resumen de los partidos, entra al baño y desde ahí me pregunta.

— ¿Cómo estás, a qué hora llegaste?

Instintivamente le digo que bien y que como a las seis. Vuelve a preguntar.

—Y Paula ¿cómo está, va a venir?

Me siento en el sillón y no respondo nada. Miro el aburrido programa de concursos que empieza y mejor voy a mi recámara. Encuentro, sobre el escritorio y junto a la maleta, el libro que venía leyendo en el autobús. Abro sus páginas. El separador sigue adentro, guardándola.

—Ya no va a venir —contesto.

Aunque sé que ella seguirá aquí.

 

VamosCruzAzul.com agradece a Javier Caravantes por su valiosa colaboración en el sitio.
Foto: Mexsport

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